Lo que el Siglo XX nos dejó: diez años sin Kapuscinski

Se cumple una década de la muerte de uno de los reporteros internacionales más famosos del siglo XX.

Estamos a mediados de junio, y en las facultades de comunicación de todo el mundo, muchos alumnos se preparan para su futuro en la profesión periodística. En un tiempo en el que aún no hay consenso sobre los grandes referentes de nuestro siglo y todo se desarrolla al vertiginoso ritmo de las redes sociales, es un sano ejercicio recordar a aquellas voces que en el pasado siglo lucharon por contar la realidad. Hace diez años nos dejó una de las más firmes: la del reportero Ryszard Kapuscinski.

El polaco que viajó con Heródoto

Nacido en Pinsk, actual Bielorrusia, en 1932, Kapuscinski estudió Historia en la Universidad de Varsovia. Un hecho que, sin duda, le aportó una sólida base para dedicar toda la su vida a interpretar la realidad. ¿Pueden imaginar a un joven de los 50, que apenas había salido de la sede de la Agencia de Prensa Polaca, aterrizar de sopetón en la recién independizada India? En Viajes con Heródoto (2006), el reportero intenta plasmar su estupor, su desconcierto, su inexperiencia, cuando cruzó al otro lado del telón y se encontró con un mundo que escapaba de lo que era capaz de abarcar.

Armado con las obras de Heródoto -quien, recordemos, es considerado el primer gran historiador-, pronto comenzó a desarrollar herramientas para, al igual que el autor griego, contar todo aquello que veían sus ojos. Guerras civiles, revoluciones, magnicidios; ambos dejaron constancia de los acontecimientos más relevantes de su tiempo, pero también de las historias cotidianas que son el sustrato sobre el que se edifican los grandes momentos históricos.

África no es un continente

Durante casi 50 años, Kapuscinski recorrió África, Asia y América Latina como corresponsal de agencias de noticias y colaborador de importantes publicaciones como The New York Times o Frankfurter Allgemeine Zeitung. De Latinoamérica extrajo recopilaciones tan brillantes como Cristo con un fusil al hombro (1975), donde presencia diferentes procesos revolucionarios y sentencia que “en la manera que mueren Allende y Guevara hay una implacable determinación, una inexorabilidad conscientemente escogida (…) sus muertes son un lance de honor, un desafío”

Sin embargo, es en África donde cualquier aprendiz del periodismo debería acercarse obligadamente a este autor. Ya lo dice en la introducción de Ébano (1998): “este continente es demasiado grande para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo y de una riqueza extraordinaria. Solo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos ‘África’. En la realidad, salvo el nombre geográfico, África no existe”. Kapuscinski rechaza la visión holística del continente, el reduccionismo derivado de la mirada eurocentrista, para dar una visión orgánica de los procesos de descolonización. En los 29 fragmentos que componen Ébano, el autor evita impregnarse de la mirada de los reporteros occidentales para contar la historia de los pueblos africanos y la construcción de sus identidades, huyendo de oficialismos y centrándose en lo cotidiano. Llega un momento en el que, al igual que cuando leemos a Heródoto, no sabemos a quien tenemos delante: nos narra el genocidio de Ruanda o la dictadura de Mengitsu en Etiopía con la precisión de un historiador, el rigor de un periodista y la mirada de un antropólogo.

Los cínicos no sirven para este oficio

Kapuscinski no solo nos enseña la necesidad del bagaje cultural o arte de elaborar un reportaje a fuego lento -algo muy difícil en la inmediatez que exige nuestra época-, sino que categóricamente afirma que “las malas personas no pueden ser buenos periodistas”. Y es que hay que tener una gran calidad humana para jugarse la vida en partes del mundo olvidadas, dando voz a los que no la tienen. Él lo hizo, y no fue el único, pero sí uno de los más constantes (una pequeña crítica desde el amor a su obra: ¿dónde están las mujeres?). No se trata de periodismo militante -Kapuscinski no se casaba con nadie, siempre era crítico con el poder-, sino de periodismo con valores. En mayúsculas.

Ahora, en la crisis de legitimidad que atraviesa la profesión, debemos tener la mirada puesta en el futuro, sin olvidar a aquellos gigantes de los que presumiblemente nos hemos bajado. “¿Puede la escritura cambiar algo? Sí. Lo creo de todo corazón. Sin esa fe no sabría escribir, no podría hacerlo”, dijo Kauscinski en 2005, tres años antes de su muerte. Él lo vio todo y no perdió la esperanza: no lo hagamos nosotros tampoco,

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