Cementerio Prado do Repouso, más vivo que nunca

Este año 2019 el primer cementerio público de la ciudad cumple 180 años y está más vivo que nunca.  Entre flores, trabajadores, palmeras y un vaivén de personas continuo, el Prado del Reposo no está en tanta calma como su nombre sugiere.

 

Este campo santo fue el primero en ser construido en la ciudad de Oporto. Hasta entonces los difuntos descansaban en paz en las iglesias pero el volumen de cadáveres ascendía a la misma velocidad que disminuía la salubridad. En 1835 el Ayuntamiento tomó cartas en el asunto para mejorar las condiciones de higiene, firmando un decreto que ordenaba la construcción de cementerios públicos donde enterrar a los muertos. El Prado do Repouso fue el primero. Y como cualquier cambio de costumbres y tradiciones en una sociedad medieval, no fue bien recibido.

A los portuenses de la época no les acababa de convencer la idea de ser enterrados al aire libre en lugar de en la casa de Dios, así que el Ayuntamiento se puso manos a la obra para que la gente dejase de ver con tan malos ojos el lugar: trasladarían un personaje célebre al nuevo cementerio. El elegido fue Francisco de Almada e Mendonça; nacido en Lisboa y fallecido en Oporto a los 47 años. Entre las hazañas de este señor, se destaca la orden de construcción del Teatro Nacional de São João así como del antiguo Ponte das Barcas, además de reordenar y pavimentar diversas calles y plazas de la ciudad invicta. Fallecido y enterrado en 1804 en la Iglesia de la Misericordia, sus restos se trasladaron de la Rua das Flores al Prado do Repouso en 1839, donde se le homenajeó con un mausoleo y un busto esculpido por el artista Soares dos Reis. La que en un principio podría parecer una idea descabellada, tuvo sus frutos y pronto el campo santo fue ejerciendo como tal y popularizándose.

Este año 2019 el cementerio cumple 180 años y está más vivo que nunca. Pese a que el tiempo pesa y ha hecho mella en el lugar, también le ha dado carácter y personalidad. Las capillas y tumbas adornan el lugar y le dan un toque tan tétrico como bello. Considerado un museo al aire libre su valor arquitectónico es incalculable, tanto por sus esculturas neogóticas como por los personajes ilustres que allí descansan. Algunos de estos personajes son:

  • Eugénio de Andrade (1923-2005). Poeta portugués autor de versos como O sorriso:

Era um sorriso com muita luz

lá dentro, apetecía

entrar nele, tirar a ropa, ficar

nu dentro daquele sorriso.

Correr, navegar, morrer naquele sorriso.

  • Aurélia de Sousa (1866-1922). Pintora chileno-portuguesa entre cuyas obras destacan los autorretratos y escenas familiares e intimistas.
  • Aurélio da Paz dos Reis (18621931). Cinematógrafo pionero en el país que introdujo el invento de los hermanos Lumiére bajo el nombre de cinematógrafo portugués.

Tanto es el valor del lugar que está incluido en la Ruta de los Cementerios Europeos a la vez que ha sido reconocido por la Association of Significant Cemeteries in Europe – ASCE – como Cementerio Monumental Europeo. Junto con el Cementerio de Agramonte, también en Oporto, son los únicos de Portugal en pertenecer a esta hoja de ruta.

“Isto é muito rico”, dice Fernando alargando la u de muito, para enfatizarla.

“Isto é muito rico”, dice Fernando alargando la u de muito, para enfatizarla. “En patrimonio histórico, estético, las figuras, capillas, tumbas… hay personas muy importantes enterradas aquí.” Justo en el umbral del portón que divide el mundo de los vivos del de los muertos, Fernando y Jorge conversan. Cada tanto se cuentan algo gracioso y estallan  en carcajadas mientras se dan un toque en el brazo en modo amistoso. Fernando trabaja para el Ayuntamiento desde hace 42 años. En el cementerio se dedica a la portería: “seguridad y nada más, cierro el portón y me voy.” Su compañero Jorge se encarga de la limpieza; es uno de los responsables de que el Prado esté “limpio y presentable”.

“Este cementerio es importante en la ciudad, trae mucho turismo… aun podría traer más pero entró hace poco en el roteiro” comenta Paula.  Paula lleva trabajando dentro del cementerio cuatro años y fuera: “dos años y… cuatro meses”, concluye después de contar mentalmente. Dentro “limpia tumbas” por la voluntad. “Hay personas que trabajan y entonces me dan alguna cosita para que yo vaya a mantenerlo, a poner un poco de agua en las flores… cinco euros, dos euros y medio… pero trabajo más aquí.” Cuando dice aquí señala su negocio, un puestecito conocido como barraca donde vende flores y velas.

¿Y por qué hay algunas tumbas y capillas tan descuidas? “Hay familias que no quieren saber…” 

El cementerio es un contraste constante entre opulencia y pobreza. Capillas majestuosas que se caen a pedazos pero aun así dejan ver que en algún momento de su historia, cuando fueron construidas, albergaron mucho sentimiento. Se hicieron con cariño y esmero, para denotar poder económico y despedir a un ser querido. Y sin embargo hoy “ya no quieren saber”. “El Ayuntamiento llega un cierto punto en que les dice a las familias que o se encargan o se les expropia… y después, de tanto en tanto, se hace una subasta para la venta. Y hay bastante gente que compra.”

El abandono de algunas capillas y tumbas le da al cementerio ese aire misterioso y espeluznante que choca con la elegancia y limpieza de otros sepulcros cuyo mármol brilla como recién lustrado… porque lo está. Porque algunas familias sí que quieren saber.

Manuela es una de las personas que vienen a menudo a rendir homenaje a sus seres queridos. Todas las semanas entra con un cubo y una escoba para “limpiar la tumba de su madre”. Barre la tierra y las hojas y deja el jazigo impecable. Lo decora con flores de plástico para asegurarse de que se mantengan perfectas hasta la próxima semana. “Es tradición y costumbre” dice, aunque añade que ahora está habiendo “un cambio de mentalidad porque mucha gente acaba en los crematorios.”

Como Manuela, son muchas las personas que regentan el lugar con frecuencia. Descansan, conversan con conocidos, reflexionan, asean las tumbas y luego “siguen con su vida”.  “Mucha gente si no viene aquí todos los días no se siente bien” comenta Paula, hace una pausa y sigue: “esto abre a las ocho y media de la mañana y a las ocho ya hay gente haciendo fila”.

A unos metros de Manuela, un grupo de hombres ataviados con el uniforme marrón del Ayuntamiento charlan mientras se fuman un cigarrillo.  Son coveiros, una palabra que me resultó difícil de traducir aun habiendo entendido a qué se refería. Su respectivo en castellano: sepulturero. Vocablo que conocía pero probablemente había pronunciado menos de cinco veces en mi vida. En ambos idiomas,  tengo la sensación de que suena misterioso, tétrico, con cierto cariz fantasmal, como si acabase de salir de una novela de Arthur Conan Doyle.  Pero nada más lejos de la realidad. Los sepultureros del Prado do Repouso no son señores con túnicas negras que excavan a mano un agujero durante una noche de tormenta y luna llena. Más bien van de uniforme y comparten un cigarrillo entre risas.

Los coveiros hacen “de todo”, “desde cortar hierba hasta enterrar y desenterrar”. Jorge, uno de ellos, afirma con voz ronca que hoy en día “hay menos entierros, más incineraciones.”

Y compara este cementerio con los cementerios españoles, porque él va de vacaciones a España y allí los cementerios son diferentes, “son más de pared”, y aquí no… “¿ya viste el agujero de allí cómo es?”

Otro hombre se incorpora a la conversación. Trabaja allí desde “hace poco” comparado con los nueve años de sus compañeros. En “otro cementerio en Peñafiel” estuvo “once años.” “Me gusta el trabajo” dice y uno de sus compañeros, con el cigarro en la boca se burla de él y le contesta que “sobre todo a fin de mes.”

“Esto más que gustarte o no… a la gente le gusta a fin de mes.” 

Y vuelven a reírse. Unos metros más adelante, uno de sus forros polares con el logotipo de la ciudad, descansa sobre la verja de una tumba ladeada por el paso del tiempo. Y al fondo, la excavadora y una familia. Toda una estampa.

Sin embargo, Paula de la barraca de flores, tiene un discurso distinto.

Con 28 años de experiencia  en la industria zapatera Paula afirma que si tuviese que “empezar de nuevo sería coveira”.

El cambio de mentalidad es notable. “Antiguamente las personas eran más cerradas, había más miedo… ahora no.” Fernando, de la portería, va más allá y añade que incluso hay gente que “se sienta en los bancos y se pone a leer, relajados”. Y su compañero Jorge, de la limpieza, lo suscribe y ejemplifica: “hay un seminario ahí al fondo donde muchos de los jóvenes cuando salen, en vez de dar toda la vuelta, atraviesan por el cementerio… y salen por aquí cantando, hablando y jugando, es como un jardín para ellos”.  Nunca tuvieron miedo.

Y todos repiten la misma frase con distintos matices. Fernando asegura que “quien está aquí no hace mal a nadie, están quietos y callados” y tanto él como su compañero sueltan una pequeña risa para después rectificar: “con respeto”.

“Si hicieron daño fue en sus otros tiempos, aquí dentro ya no hacen daño.” 

La frase también sale de la boca de Paula. En ocasiones algunas personas han cuestionado su trabajo y la dedicación que le pone: “Ay, tal, un cementerio…” comenta cambiando la voz y gesticulando para imitarlos.  Su respuesta siempre es la misma: “tener miedo, a los vivos, no a los muertos.” Le gusta imenso su trabajo:  “Es paz.”

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